
Enorme progreso tecnológico acompañado de un avance social menos tangible pero más espectacular aún desde el advenimiento de una democracia garante de los máximos derechos y libertades que puedan disfrutarse en el planeta. Y los adelantos técnicos continuarán, porque la prodigiosa mente humana sigue creciendo sin vislumbre de sus límites. Pero no puede decirse lo mismo de la otra vía de progreso, la social, por la que resulta más difícil avanzar en países cuyos ciudadanos disfrutan de buenos servicios públicos gratuitos y donde muchos han logrado incluso desquitarse del castigo original alcanzado el sueño de vivir sin hincarla. En esto de las libertades también han cambiado mucho las cosas para la juventud con el reemplazo del viejo autoritarismo por el actual coleguismo como modelo de relación paternofilial.
Ahora bien, amigos de cincuenta para arriba, estarán conmigo en que nada como la sexualidad ha experimentado no ya un cambio sino una auténtica revolución desde nuestros tiempos del reblandecimiento medular por cultivar el amor propio hasta el salto del viaje a Londres a la venta libre de la píldora postcoital o de la boda de penalti al aborto libre. Gracias a la inquebrantable voluntad de progreso y al insaciable anhelo de libertad de gobiernos como el actual, nuestros menores han pasado de precisar permiso paterno para operarse de fimosis o perforarse la nariz a someterse a un legrado o meterse un chute hormonal no ya sin su aprobación sino sin su conocimiento ni el de su médico. El mensaje parece ser: jóvenos y jóvenas, adolescentos y adolescentas, ya que no somos capaces de proporcionaros ni un trabajo ni una vivienda donde crear y con que mantener una familia, al menos follad a calzón quitado (pañal dentro de poco) sin miedo al rorro, que además son cuatro días y qué coño/chorra más da.
Iba a añadir que lo mismo es envidia, que ojalá en mis tiempos la jodienda tampoco hubiese tenido reprimenda y se hubiera fomentado el sexo irresponsable en lugar de condenarlo, pero entonces buena parte de la generación de la indigna ministra Aído y quizás ella misma no hubieran existido, con la consiguiente pérdida de igualdad, libertad, precocidad, promiscuidad, erectilidad, copularidad y abortividad para nuestros sufridos escolares. Puede que los que procurábamos llegar vírgenes al matrimonio fuésemos unos mojigatos reprimidos, unos atrasados, unos pardillos, unos pringaos y unos carcas prematuros, pero cuántas gracias han de darnos por el magnífico progreso del que hoy disfrutan nuestros jóvenes mientras chapotean en los lodos de aquellos polvos cometidos por sus padres a pelo y que fuera lo que Dios quisiera. Un millón de españolitos no nacidos dan buena fe de ello.
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