
Cuando hace años surgieron los programas de videos caseros, ya fue un mal síntoma. Las cadenas llenaban sus programas con las chorradas que les mandaban los espectadores, una forma de hacer un programa sin gastar nada y, encima, con audiencia. Pero entonces las modernas tecnologías aún no se habían popularizado. Había que tener en casa una cámara, la antigua de súper 8 de los abuelos o la moderna de video digital. Y una vez que se aprendía el funcionamiento (lo que se filmaba era lo menos importante), había que contar con que un canal te aceptase la peliculita y la emitiese. Ellos se encargaban de la posproducción: poner risas enlatadas, ralentizar el tortazo de turno o poner voces inverosímiles. Pero los tiempos adelantan y las nuevas tecnologías más. Los teléfonos móviles vienen ya con cámara de video incorporada. Así surge una masiva afición de los españoles por convertirse en los nuevos Steven Spielberg, sabedores que sólo hay que apretar un botón para hacer una peliculita.
Ante tanto nuevo director, no hay canales suficientes en que quepa la emisión de tantas películas de aficionados, todos convencidos que son verdaderos genios y que el resto de la humanidad no pueden perderse lo que han filmado. Y de nuevo las nuevas tecnologías llegan en su ayuda. Surge Youtube, el portal de vídeos de internet, con miles, cientos de miles, millones de videos. Nada más fácil que acceder a Youtube (se puede hacer desde el propio móvil) y poner lo que se acaba de filmar. Y sorprendentemente estas películas tienen un enorme éxito. La gente abandona la pantalla del televisor por la nueva pantalla de internet, y todos se enganchan a los vídeos de Youtube. Hace años las facultades de comunicación audiovisual estaban llenas de jóvenes que soñaban con ser directores de cine y realizadores de televisión. Las modernas tecnologías han acudido en su ayuda. Ya no hace falta estudiar para hacer películas. Lo que hace falta es talento, y eso no lo da ninguna facultad, ninguna moderna tecnología ni ningún teléfono móvil.







