
Fíjense en detalle en las colas que se organizan estos días ante las tiendas de Telefónica para conseguir el último modelo del iPhone antes de que se agote. No están compuestas por hombres maduros más o menos encorbatados, ni por amas de casa de las que compran por encargo, ni por jóvenes mileuristas en los escasos ratos que les dejan libres sus trabajos de becarios. Los que echan horas y horas, inmóviles uno tras otro en las calurosas aceras de cemento, son jóvenes que no han trabajado nunca, aguantan la cola con un estoicismo que únicamente habían derrochado hasta ahora para sacar entradas para ver a Shakira y encuentran perfectamente normal que sus mayores les regalen un aparatito de trescientos euros porque ¿están para otra cosa los padres que para dar a sus hijos los necesarios caprichos? Lo quiero, lo quiero y lo quiero. Cada padre y cada madre que es recibido con esa frase al llegar estos días a su casa saben a lo que se están refiriendo sus hijos adolescentes.
Muchísimos claudicarán. De esa forma conseguirán que quienes antes eran calificados como niños de papá se pongan al día y pasen a ser niños de iPhone. .







