
No sólo para la filmación sino para su distribución y exhibición. De la lata al disco La revolución va a ser absoluta. Empieza (ha empezado ya) por las mismas cámaras. Es el imperio de máquinas como Sony Cine Alta, Mini-DV, Thompson Viper Film Stream, Panavisión Génesis, Arriflex D-20 y, por supuestio, la ya mítica Red One con la que Lars von Trier rodó &lsquoAnticristo? y Peter Jackson ha filmado, mediante su sensor de 35 mm. de extrema calidad &lsquoThe Lovely Bones&rsquo. Todo esto implica la desaparición física del celuloide. Los nuevos cineastas ya no experimentarán la emoción que sintió Iván Zulueta la única vez que tuvo en sus manos un fotograma de ¡70 mm.! 'Es alucinante. Ese ancho de película. Cada fotograma era como una postal... Impresionante. La nitidez que tenía aquello...'. Quizás por eso y por lo demás, la batalla teórica sobre el cine digital y el que se palpa, se corta, se cose y se pega se expande por los cuatro continentes y los siete mares. A finales del siglo pasado (así lo cuenta Wikipedia) un puñado de directores de los más grandes se convirtieron a la nueva fe: Lucas, Robert Rodríguez, Lynch, David Fincher, von Trier.
James Cameron llegó a jurar que no volvería a filmar en celuloide. Soderbergh o Michael Mann no se rindieron tan abrumadoramente ante el cine grabado utilizando una representación digital del brillo y el color en cada pixel de la imagen. Simplemente han rodado parte de sus últimos trabajos en ese formato.
Entre los creadores más laureados del orbe quedan muchos que opinan que la imagen fijada por emulsión química (celuloide) nunca será superada por la tecnología digital: Scorsese, Tarantino, Víctor Erice, Tim Burton, Spielberg, José Luis Guerín, Ridley Scott u Oliver Stone. Pero no es solo una batalla de sensaciones. Lo es también económica e industrial.
Implica no sólo a la creación sino a la producción, la distribución y la exhibición del cine, áreas que también han sido impactadas de lleno por el meteorito de la tecnología digital que, por de pronto, democratiza el acto mismo de hacer películas que ya pueden pasarse a video y editarse en un ordenador casero. Pero después, esa película debe ser distribuida. Y exhibida.
Hasta ahora, los gastos del celuloide eran tremendos. El tiraje de copias, costosísimo. El transporte, un engorro.
El almacenamiento, un problema. Hoy, en las salas guipuzcoanas con tecnología digital (en Donostia, Antiguo Berri y Príncipe más Principal, Victoria Eugenia y Kursaal, sin olvidar las salas 3D de La Bretxa ni, en Errenteria, Niessen o en Irun, Txingudi) la película llega en un disco duro con llave descodificadora encriptada. Se introduce en un ordenador cinematográfico, se teclea la clave proporcionada por el distribuidor y la película está lista para su proyección.
Eso sí: con estricta fecha de comienzo y finalización de la exhibición. Si el título tiene éxito hay que renovar los plazos. Cuando el disco se extrae no queda rastro de imagen en el ordenador.
Se supone que así se evita la piratería. Se sospecha que los piratas ya han inventado nuevos modos y maneras. Conversaciones en Varsovia Pero incluso la metamorfosis del celuloide y su lata contenedora en disco puede quedar obsoleta antes de que acabe la década que empezó el viernes.
Habrá un momento en que las imágenes sean enviadas directamente vía satélite desde un ordenador central situado bien en Los Ángeles si lapelícula es producto de Hollywood, bien en la sede entral de la distribuidora. La revolución que llega va a provocar tantísimos cambios de logística, de estructura, incluso de diseño de salas y cabinas de proyección que la organización internacional Europa Cinemas (42 países, 471 ciudades, 819 salas, 2.066 pantallas adheridas con el afán de promocionar y proyectar cine europeo desde sitios tan distintos como el Trueba de Donostia o los Balcanes y Turquía) dedicó su conferencia mundial número 14 al cine digital, las tres dimensiones y el futruro de las salas.
La reunión tuvo lugar en Varsovia en noviembre en dos maratonianas sesiones que duraron de las diez de la mañana a las 21.30 de la noche y se redondearon con la proyección de una docena de películas de próximo estreno como &lsquoSoul Kitchen? de Fatih Akin o recién premiadas en festivales (&lsquoLa Pivellina?, galardonada en Gijón). La gran biblioteca Las jornadas, inauguradas por Wajda y Zanussi, sirvieron para descubrir que las salas de los países más pequeños de Europa están plenamente digitalizadas mientras que en otros (la misma Francia, Portugal, España) aún reina la proyección en 35 mm aunque la digitalización avanza imparable (la nueva ley española del cine llevada a los tribunales europeos preveía ayudar a digitalizar los cines de medio país, ayuda demanda por muchos exhibidores europeos a sus institutos nacionales de cine) mientras que en pueblos del Este y en Turquía aún siguen, lógico, en la era de la emulsión química del celuloide.
Exhibidores, distribuidores, expertos financieros, analistas del mundo de la importación y la exportación se enfrentaron durante horas a cuestiones como quién se beneficiará del abaratamiento de los costes de distribución. Y cómo lograr que esa reducción de gastos repercuta no sólo en el hecho de hacer una película sino en la financiación del equipamiento y mantenimiento de los nuevos aparatos de proyección, máquinas cuya fecha de caducidad se desconoce pero se teme. Un proyector de 35 mm.&ndashel del Principal, por ejemplo, ya ha cumplido los 25 años? puede vivir, si está bien cuidado, eternamente. Todos sabemos que la tecnología digital evoluciona con una rapidez asesina y toda computadora es vieja pasado un lustro. ¿Qué hacer con los aparatos, costosísimos en este momento, cuando pasen de moda? Se prevé, pero acaso sea una entelequia, que pueda crearse con ellos un mercado de segunda mano destinado, por ejemplo, a favorecer, sin excesivas pérdidas para los exhibidores del Primer Mundo, la digitalización de salas en Latinoamérica, África o Asia.
Por otro lado, la digitalización abre las puertas a nuevas maneras de organizar y vivir el acto social de acudir a una sala. Con el tiempo existirá una inmensa biblioteca casi virtual de películas de todos los tiempos. Se organizarán ciclos hoy impensables.
Grupos y clubes podrán demandar sesiones a la carta. Más allá de la pasión por el truco magnífico del relieve, la salas servirán hasta para que jóvenes locos por el cine contemplen en pantalla verdadera las películas descargadas legalmente de internet. El costo monetario va a ser terrible y la pérdida del celuloide, tristísima para algunos pero el futuro del cine tiene ya su clave desencriptada.







