
Hace pocos días me compuse un menú que constaba de un documental de la televisión francesa sobre la represión en la guerra de Argelia, fragmentos escogidos de las tres entregas de 'El señor de los anillos', fragmentos salteados de 'House' y viejos éxitos de Eurovisión en los años sesenta y setenta; como guinda coloqué viejos clips de Depeche Mode. O sea que me marqué tres horas de pantalla con lo que yo quería; obtener todo eso en televisión me habría costado no menos de treinta meses.
Lo que ha supuesto Youtube para el mundo de la comunicación audiovisual (y hay que añadir otras páginas semejantes, aunque no tan célebres) es realmente un sueño: el receptor recibe lo que quiere, y no lo que decide el señor Vasile. ¿Cómo no va a estar enfadado Vasile con la sustracción de imágenes de series de Telecinco que van a parar a Youtube? Conste una cosa: en esta querella, Telecinco tiene razón, al menos en los planos técnico y jurídico.
La cadena se ha gastado un dinero en facturar un producto y emitirlo; anejos a la operación viajan derechos de imagen que afectan a la cadena, a la productora, a los actores; estamos ante un negocio cerrado y con reglas que, en principio, protegen a quienes fabrican y ponen en antena el producto. En consecuencia, que ese producto o parte de él salte a un mundo donde viaja libremente, sin pagar peaje alguno, es algo que no figuraba en los planes iniciales. La pregunta es si es posible ponerle puertas al campo, es decir, a ese inmenso campo virtual sin puertas que es la Red. Vasile, cuando deje de hacer literatura, dirá que vale, pero que paguen. Ahora bien, el éxito de la Red consiste precisamente en su gratuidad. Es difícil creer que Telecinco vaya a ganar esta batalla.







