
"Llegaron por su adicción al Messenger pero vimos que también tenían adicción al móvil", afirmó la directora del centro, Maite Utgés, que aclaró que el trastorno de conducta de los niños había provocado su fracaso escolar, avanzaron el 'Segre' y 'La Vanguardia'.
Uno de ellos lleva tres meses y otro siete en un tratamiento que durará por lo menos dos años, según la directora que apuntó que ambos tenían teléfono año y medio antes de acudir al centro sin control por parte de los padres. Uno de ellos aprovechaba las propinas de los familiares para recargar la tarjeta.
El centro de Lleida está tratando a 20 niños y jóvenes por su adicción a Internet de los que 17 tienen adicción al Messenger, según los datos de su directora.
SIN MÃ?VIL NO PUEDO VIVIR Los que nacimos a caballo entre la era analógica y la digital, con lo que la desorientación que los cambios conlleva. Vemos como las nuevas tecnologÃas se han instalado en nuestras vidas como cosa parida y alumbrada, para dar voz de nuestras lejanas palabras .Y una de ellas, es el teléfono móvil. La televisión en color, fue anular los mates acromáticos y bipolares colores del blanco y negro. El video reproductor, fue la magia de como tener el cine en casa. Y la telefonÃa móvil, allá por los noventa, parecÃa herramienta adjudicada sólo para ejecutivos y gentes selectas de jactancia y vanidad demostrada. Hoy, serÃa impensable no tener un aparatito celular como cosa normal, y hasta necesaria en nuestra vida cotidiana. Porqué, tener la palabra en el instante y en cualquier lugar, es demasiado tentador y seductor para los alientos rotos y estos tiempos que caminan tan deprisa. Las ondas navegan como en un rÃo de afluyente, que recurva por las sendas las palabras viajeras que circulan por el aire; de oÃdo a oÃdo, de boca en boca van las palabras viajando por el viento que las transporta mudables y amenas. A veces, para que se oigan nuestras tristes quejas. A veces, nuestro más anhelo deseo de ser amadores y amantes que se nos olvidaron dentro de la sien. O las medidas de ese armario de cocina que hace tiempo que debemos de comprar. Las compañÃas de telefonÃa, suelen echar el fruto después de la semilla, buscando adeptos por los rincones más callados y silenciosos de la juventud. Para convertirlos en discÃpulos de la tecnologÃa más condicional, siendo los usuarios, siervos para esta nueva â??religiónâ? tecnológica de este siglo XXI, emanando del dictado de las multinacionales ambiciosas, que se retroalimentan de la gula, de una necesidad de estar comunicado y localizado al instante. - ¡Hostia! Me he quedado sin cobertura. ¡Esto es mi ruina! Quitarle el móvil a un adolescente, serÃa como castrar su libertad más honda y de Ãntimo suspiro, quedando su alma quebrada y desnuda, inherente. Pues sin el artilugio, el joven traumatizado y aterrado por la impresión de desviarse del camino, tóxico y adictivo de la tecnologÃa, se verÃa perdido en un mar de adversidades. Sintiéndose sólo y mutilado de su desgracia más tormentosa y de angustia más insufrible, para dejar de ser un ser comunicativo, traumatizando su participación de adicción, no de necesidad. - ¡Mi móvil hace fotos y videos, y se conecta a internet! Los yo-yos y las peonzas pertenecen más al â??paleolÃticoâ? pasado que a los tiempos vanguardistas y bendita locura del progreso. Pues girando la cabeza sólo un poco, lo podemos ver en cercano pasado, de un ayer que no hace tanto. Donde tener un teléfono de lÃnea ya era cosa de civilización y progreso más anticipado. La â??bestiaâ? de la colonizadora tecnologÃa, ha avanzado con legiones mandadas por el oráculo de los celulares, viviente imagen de la red de comunicación más agresiva, desviando el polo magnético de la locura, que señala hacia todas direcciones y puntos cardinales de nuestras estresadas y agobiantes vidas. Ni una sola onda perdida que se evada por el camino que va al oÃdo, ni se pueda escapar hacia el infinito cielo, corriendo el peligro (el temor) de perder el factor humano, sustituyendo los susurros por voces de metal. Y como ciudades tecnológicas, viviremos amurallados por las ondas de los wifi y los GPS, con el peligro que conlleva el sembrar semillas de soledad, quedando aislados por la piedra muerta de la muralla apantallada, invisible a los ojos, pero permeable a la visión tibia de la necesidad de conversar livianamente, para acabar encerrados en medio del expresivo silencio de un palacio desierto que es la ciudad, donde somos muchos y, a veces, parece que nadie dice nada. Sergio Farras, escritor tremendista
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